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domingo, 12 de agosto de 2012

Made in Chile #4: Bellavista

Entre las comunas santiaguinas de Providencia y Recoleta se esconde una pequeña burbuja semi-atrapada en el tiempo, un barrio que rompe con los esquemas de todo lo que le rodea, tanto por su arquitectura como por el ambiente que se respira. Se trata, en efecto, del barrio de Bellavista. 

Hubo un tiempo, allá por comienzos del siglo XX, en el que Santiago era una ciudad de una extensión mucho menor de lo que es en la actualidad. En esta época empezó a producirse un éxodo rural, y en consecuencia, la ciudad de Santiago comenzó a crecer poco a poco, extendiéndose por la depresión central como una mancha de tinta sobre papel. Una de esas primeras extensiones fue el barrio de Bellavista, que aunque existía desde la época colonial, en esta ocasión creció más. Una de sus particularidades reside en las casas, que se construyeron simples pero de buena calidad, aunque esa simpleza signifique hoy día encontrarse con unas casas tradicionales muy bien conservadas, varias de ellas coloridas y con interesante acabados, que le dan un toque pueblerino a la gran ciudad. 

Bellavista se ha convertido en el barrio bohemio de Santiago de Chile, junto con Lastarria. Sus calles están repletas de bares populares y restaurantes para todo tipo de bolsillos y de todo tipo de comidas, lo que hace que automáticamente se convierta en un lugar atractivo y con especial ambiente nocturno, sobre todo el fin de semana. Es parada obligatoria el Patio Bellavista, con sus restaurantes y tiendas de artesanía, y fuera del patio, me atrevo a recomendar el restaurant El Republicano, donde uno puede disfrutar de tradicionales sabores chilenos (como las machas a la parmesana, entre muchos otros) en un ambiente tranquilo, sencillo, pero con mucho gusto.




Barrio de Bellavista
Fuente de las imágenes: elaboración propia

miércoles, 1 de agosto de 2012

Made in Chile #3: la cultura del mall

Pese a que Santiago fue fundada en 1541 y, por tanto, el centro de la ciudad conserva el plano colonial basado en calles perpendiculares en torno a una plaza central (la denominada Plaza de Armas), es posible ver en la metrópolis actual varias características de una ciudad norteamericana. O, por lo menos, esa es la sensación que da; un moderno y majestuoso centro financiero conocido como Sanhattan, casas bajas con jardín que forman extensísimas comunas y, por encima de todo... los malls. 

El mall (pronunciado "mol") es lo que viene siendo el centro comercial de toda la vida, sólo que los chilenos han preferido referirse a él con un término heredado de Norteamérica. Existen desde los años 80 del siglo pasado, pero ya forman parte, por suerte o por desgracia, de la cultura de una buena parte de la población. Teniendo en cuenta que Santiago de Chile cuenta con más de 5,5 millones de habitantes, hay numerosos malls en la ciudad: Alto Las Condes, Parque Arauco, Portal La Dehesa y Portal La Reina, entre otros. Pero si hay uno que destaca y que está de moda en la actualidad, ese es el imponente, descarado y arrasador mall Costanera Center, situado exactamente bajo la que ya es la torre más alta de Latinoamérica (supera los 300 metros). Con 6 pisos más una suerte de ático dedicado a las salas de cine, uno siente que en su cabeza retumban las palabras: "esto es demasiado", y eso que aún no están todos los establecimientos abiertos al público. 

En los malls hay de todo y para todos, pero ese "para todos" se cumple de la siguiente manera: yo aquí y tu allí; es decir, cada mall tiene un público específico, un público que está relacionado con la situación económica de la comuna en la que se sitúa el centro comercial. No pude evitar sorprenderme al ir un sábado  por la tarde al centro de la ciudad, ya que al contrario que en España u otros países preferentemente mediterráneos, las calles de este sector se vacían. Sin embargo, uno acude el mismo día al mall y se lo encuentra lleno de gente. Pero no es algo que afecte a los sábados; los malls atraen a los santiaguinos, me atrevería a decir que más que en España, y creo que es a causa de dos razones principales, siendo una consecuencia de la otra: la propia disposición extensa de la ciudad, que hace que las distancias sean enormes haciendo más preferible el mall cercano a casa que el lejano centro, y el carácter menos callejero de por sí de los chilenos, un país donde no se acostumbra a "potear" y a quedar con la "cuadrilla" en el centro. 


El mall Costanera Center y la Torre Santiago en construcción. Julio de 2012.
Fuente de la imagen: elaboración propia

jueves, 26 de julio de 2012

Made in Chile #2: Valparaíso


Llegar a la estación de autobuses de Valparaíso (a unas dos horas de Santiago, siendo posible viajar por 1,5 euros), caminar los primeros metros por la calle Pedro Montt y deleitarse con la excéntrica belleza de la ciudad van unidos. Es conveniente saber que no es una ciudad a la que ir para relajarse. El tránsito de personas y vehículos, así como el consiguiente bullicio, son constantes en el centro. Y tampoco está de más saber que es una urbe donde los robos se dan con frecuencia, pero esto no puede suponer un freno para seguir caminando hacia el Cerro Concepción, el más famoso de la ciudad.

Son precisamente los cerros, y más concretamente la masiva, caótica pero hermosa ocupación de los mismos lo que le da identidad propia a Valparaíso. Cuando uno dirige la vista hacia los cerros (el centro de la ciudad está rodeado por varios de ellos), se tiene la sensación de estar observando una suerte de mosaico multicolor. Desde el nivel del mar hasta la cima de los cerros, miles de casas de todos los colores se agolpan haciendo que uno se acuerde de lo desdichado que puede llegar a suponer ser cartero en una ciudad así. 

Como comentaba antes, entre todos los cerros, es el Concepción el que se lleva la mejor fama. Restaurado y adaptado al turismo, a este cerro se accede caminando, en bus o en trolebús siguiendo la antes mencionada calle Pedro Montt. Es en esta calle donde, por un económico precio, se puede disfrutar de uno de los platos típicos chilenos, la chorrillana: un plato de patatas fritas en el que se mezclan huevos, cebolla y distintos tipos de carne. Estando ya a los pies del cerro, se puede subir andando o utilizando un antiquísimo funicular por $300 (0,50 euros). Lo que los ojos pueden llegar a ver allí arriba es prácticamente superior a cualquier intento de transcribirlo, por lo que he decidido prescindir de las palabras y que sean las fotos las que intenten acercar un poco de dicha singular belleza. 

Aunque en un principio llame la atención (incluso para mal), hay que asumir que los cables del tendido eléctrico van a aparecer en casi todas las fotos que decidamos tomar. Sin embargo, es posible darse cuenta de que semejante maraña de cables no estropean las vistas, sino que llegan incluso a darle un toque personal que solo consigue ser positivo en Valparaíso. Y al igual que en otras ciudades como en la misma Santiago, los perros callejeros son un elemento más del paisaje. Casi todos suelen estar tumbados dormitando, pero sabed de antemano que si hacéis caso a uno de ellos, os acompañarán a cualquier parte. Para acabar bien el paseo por el cerro, una buena sugerencia es tomarse un café en una de las varias cafeterías situadas en Concepción, un lugar difícilmente igualable. 


Valparaíso, desde el Cerro Concepción


Calle en Cerro Concepción


Iglesia luterana en el Cerro Concepción

Fuente: elaboración propia

lunes, 23 de julio de 2012

Made in Chile #1: Santiago


Uno sabe que le quedan pocos minutos para aterrizar en Santiago de Chile cuando sobrevuela una de las cordilleras más impresionantes y majestuosas del mundo: los Andes. De repente, las altísimas cumbres dan paso a una llanura (conocida como la Depresión Central) donde se extiende una de las ciudades más extensas y pobladas de América del Sur: Santiago de Chile.

Se ve, desde un primer momento, que Santiago es una ciudad de grandes contrastes. Partiendo en coche desde el aeropuerto Arturo Merino Benitez (situado al oeste) hacia el oriente siguiendo la Costanera Norte (uno de los ejes principales de la metrópolis), estos contrastes son fácilmente visibles. Otra característica de la capital de Chile es que está dividida en numerosas comunas, cada una de las cuales con su respectivo ayuntamiento, pero formando todas ellas la ciudad de Santiago. Las comunas situadas al oeste y sur de la ciudad son las más humildes, y son a su vez sumamente extensas y pobladas. En el caso de la Costanera Norte, siguiendo hacia el oriente, el siguiente paisaje cambia progresivamente, pero abruptamente a su vez, ya que al fondo empiezan a verse los altos edificios del World Trade Center, una burbuja de negocios y modernidad que coronan las comunas de Providencia y Las Condes. Siguiendo adelante, dan la bienvenida los más acomodados barrios del oriente, tales como Vitacura, Las Condes y La Reina.

Teniendo en cuenta que es pleno invierno, la ciudad ofrece el colorido propio de esta estación del año, es decir, más bien nada. Pero son varias los parques y cerros distribuidos por toda la urbe, por lo que la primavera no tardará en teñirla de verde. Eso sí, para alguien que viene de Vitoria, el invierno santiaguino es mucho más llevadero, ya que aunque amanece con frío y puede llegar a helar, las temperaturas diurnas son más que agradables.

De momento, solo saco una única conclusión negativa de estos tres primeros días aquí: el smog, esto es, la capa de polución que cubre la ciudad y que, desgraciadamente, no deja ver con claridad la belleza que supone tener la cordillera de los Andes de telón de fondo. Con un poco de suerte lloverá pronto, el aire se limpiará y podré disfrutar de estos maravillosos paisajes. Pero dejando a un lado la contaminación, Santiago tiene tanto que ofrecer que estoy deseando que amanezca un nuevo día para salir y seguir visitando lugares. Tendréis noticias de ellos.


La cordillera de los Andes, desde el avión
Fuente: elaboración propia

viernes, 15 de junio de 2012

Hotel room service


         Expulsó el humo lentamente, observando los dibujos que formaba hasta tocar el techo de la habitación. No era capaz de adivinar el tiempo que llevaba tumbado sobre la cama, sólo sabía que el trozo de cielo que atinaba a ver desde la ventana le había señalado el anochecer y el posterior amanecer, todo ello sin moverse del sitio. La ventana estaba abierta, había sido una noche calurosa. El ruido del tráfico se hacía más sonoro a medida que avanzaba la mañana, pero poco importaba cuando su cabeza estaba lo suficientemente enlatada como para no escuchar más que un constante zumbido.

            Acompañó la última calada con un largo trago de algo que llevaba demasiado tiempo en el vaso. Vomitivo. Tanto, que el vaso cayó al piso de madera, partiéndose en dos y juntándose con su ropa interior y los restos de una botella de vodka barato. Se dio la vuelta sobre la cama. Sabía que no iba a poder dormir, pero tantas horas despierto sin dejar de dar vueltas a lo sucedido unas horas antes le estaban provocando migraña. Tan solo quería dar algo de tregua a sus pensamientos, intentar que el simple hecho de pensar dejase de suponer una tortuosa sesión de pinchazos.

            Aún seguía percibiendo una mezcla de olor a sudor y perfume para hombre. Estaba adherido a las sábanas, a cada centímetro de su cuerpo. Al fin y al cabo, la noche había empezado bien. Si se paraba a pensar, aún podía sentir las últimas caricias, la humedad de los últimos besos, el placentero roce de su piel. Las últimas y los últimos. Todo lo que merecía la pena antes de la llamada de teléfono. De las insistentes llamadas de teléfono, de los mensajes de texto, subidos de tono, de alguien demasiado interesado en encontrarse con la persona a la que en aquel momento hacía suyo sin importarle ser oído.

            Por curioso que pareciera, poseía tan solo un vago recuerdo de los insultos y acusaciones, de los gritos en general. No podía rememorar cada palabra hiriente y afilada, la mayoría de ellas disparadas desde su propia boca, pero como el gusto que permanece tras una pesada comida, quedó el significado. Quiso que todo desapareciera con los dos últimos gritos, con el golpe definitivo, con la extraña sensación de ser un ladrón de almas. Pero no. El día avanzaba y el sol no le iba a proteger. Se levantó, se vistió, se limpió la sangre de las manos y encendió el último cigarrillo de la cajetilla. Dio una larga calada sin apagar el encendedor, y tras mirar la llama con detenimiento hasta cegarse, lo lanzó directamente al charco de alcohol que había dejado la botella rota. La llamarada rugió al instante, imparable. Expulsó el humo, esquivó el cuerpo que le obstaculizaba el camino a la puerta y no empezó a correr hasta que abandonó el hotel por aquella puerta giratoria.





Fuente de la imagen: http://na-nis.blogspot.com.es

           

lunes, 23 de abril de 2012

Las reglas del palacio de cristal


      Tan solo unos tímidos rayos de sol me guiaron a través de la densa vegetación. Llevaba más de dos horas caminando con dificultad, casi totalmente a ciegas y tropezándome a cada rato, pero al fin llegué a las puertas de aquel pequeño palacio de cristal. La estructura metálica que lo sostenía se camuflaba con los troncos de árbol que lo rodeaban, pero la bóveda de cristal de aquella suerte de jardín botánico destacaba sobre la naturaleza por la magnitud de su esplendor. Me adentré para darme de bruces con un calor húmedo y sofocante, perfumado con una mezcla de centenares de esencias provenientes de las plantas exóticas que decoraban el interior.

      En el centro de aquel jardín improvisado se hallaba, sentada tras una pequeña mesa del té, una mujer que consiguió robarme la respiración. Dos aspectos la caracterizaban por encima de todo: su cabello largo y rojo que parecía estar en llamas, y el vestido blanco, fino como una gasa, pegado a su cuerpo de casi la misma tonalidad. Lo asombroso era que, pese al calor y la humedad prácticamente palpables, no solo no sudaba, sino que sostenía en una mano una humeante taza de té. Frente a ella, sobre la mesa, descansaban tres diminutos frascos, uno de los cuales contenía un líquido color cobre, el otro un líquido plateado y el tercero un fluido dorado. En cuanto di un paso hacia aquella bizarra estampa, una puerta que hasta entonces había permanecido oculta se cerró estrepitosamente detrás de mí. No había escapatoria.

      Sin recibirme órdenes de aquella extraña que me miraba con indiferencia, me acerqué lentamente hasta la silla que me correspondía, pues algo me decía que, tarde o temprano, y para bien o para mal, debía acabar sentado frente a ella. La mujer sorbió un poco de té y depositó la humeante taza sobre un platito de porcelana mientras se lamía los labios. Uno de sus verdes ojos quedaba oculto tras una cortina de pelo, pero el otro me taladraba con mayor fiereza que un haz de luz. Su belleza era indescriptible, imparable, desconcertante, más deseable que cualquier riqueza… Me estaba enamorando sin poder impedirlo, sentía que su presencia me arrastraba sin piedad, sin dejarme siquiera la oportunidad de decidir si de verdad quería amarla. En aquel instante su voz me sorprendió, clara, mística, embriagadora…

-          ¿Te gustan las decisiones difíciles? Si destapas la poción cobriza, quedarás unido a mí por siempre y tu amor será correspondido, pero jamás podrás salir de mi hogar. Si escoges la poción plateada podrás regresar a tu mundo, pero nadie se enamorará nunca de ti y tu corazón se marchitará joven. Si quieres que tu cuerpo y alma descansen en paz, deberás beber de la pócima dorada…

Aquellas palabras me hirieron como si de finas agujas se tratasen. Sudaba, pero no a causa del calor. Era un sudor frío que precedió a un profundo malestar. Temblaba de manera descontrolada y empecé a llorar, empecé a llorar por la falta de escrúpulos de aquella mujer que sonreía oculta tras su taza de té, empecé a llorar porque al contrario de lo que en un principio parecía, la solución a aquel dilema era demasiado fácil. La joven se levantó de su asiento, se deslizó hasta mí y, mientras mi mano se dirigía al frasco con el líquido dorado, ella bebió de mis lágrimas hasta saciar su sed. 


sábado, 3 de marzo de 2012

Entre los resquicios de la persiana

Todo empieza con ese primer roce,
tu pierna contra la mía,
mi brazo sobre la curva de tu costado,
nuestras respiraciones, desincronizadas,
haciendo un llamamiento a la calma.

Abro los ojos para saludar a un nuevo día,
algo que no se me hace difícil,
pues los tempranos soplos de primavera
se cuelan entre los resquicios de la persiana
en forma de dorados halos de luz, que caprichosamente,
te iluminan el rostro relajado,
haciendo que todo en ti sea símbolo de tranquilidad.

Entonces despiertas tú con un sobresalto,
pero vuelves a cerrar los ojos en breve con una sonrisa,
como si tras haber sentido que alguien te miraba fijamente,
te hubiese relajado al comprobar
que era yo el que te deseaba.
Y es esa tierna sonrisa empañada de sueño
la que me hará sentir feliz todo el día,
la que hace que segundos planos
queden más lejos aún.

Cuando tus ojos se unen a mi mirada,
no transcurre mucho tiempo antes de sucumbir ante tanta belleza.
Es entonces cuando nace en mí
el deseo por amarte, la angustia por perderte,
mas por encima de todo,
nace la dicha por sentirme tan afortunado
de poder expresarte a cada instante, con palabras o sin ellas,
que jamás te había querido tanto como te quiero ahora.

Que ya los días empiezan a perder sentido
si tú no estás ahí para trenzar tu lógica disparatada
a mi alrededor.