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jueves, 8 de noviembre de 2012

El último puerto

Los ladridos volvieron a actuar como cantar de gallo. Un tímido rayo de sol se filtraba entre las cortinas, que se mecían al compás de una suave y tibia brisa matutina. El olor a pan recién horneado invadió la habitación como cada mañana, sugerente, goloso, atrevido. Incluso las conversaciones de la panadería conseguían colarse entre ladridos y risotadas de niño, que si cómo está usted señora Carmen, que si supo que la hermana de la Francisca había sido invitada a un matrimonio en Santiago, que si el calor era espantoso y todo se llenaba de moscas. Ya no tenía sentido intentar reconciliar el sueño.

En los seis meses que llevaba allí, nunca había estado tan limpio el departamento. La proximidad de la fecha había provocado en ella un nerviosismo al que se le sumó una obsesión por hacer que la llegada de su prometido fuese perfecta. Había ordenado mil veces las cuatro prendas del armario, cambiado las sábanas, pintado los marcos de las ventanas y llenado la despensa con todo lo que el bolsillo le pudo permitir. La mesa llevaba puesta tres días. La fruta amenazaba ya con podrirse.

Como si de un estreno teatral se tratara, había llegado el momento de poner en práctica todo lo ensayado. Dedicó la mañana a cocinar como para un regimiento, aun sabiendo que apenas probarían bocado. Horneó una apetitosa tarta de manzanas que hizo saltar comentarios elogiosos entre las vecinas entretenidas con las tareas del hogar en los edificios contiguos. Vestida de blanco, con faldas al viento y apretados tirantes, se presentó puntual en la peluquería. En aquel nido de cotorras no dio rienda suelta a su historieta, por mucho que medio barrio esperase saber a qué venía esa vestimenta un día jueves, esas ansias por ser la más bella de las muñecas de porcelana, porque nada sabían de aquella mujer que en los seis meses que llevaba en la vecindad ya había levantado rumores y pasiones.

Salió del establecimiento robando suspiros y sonrisas. Caminó cuesta abajo, dejando atrás el colorido desorden del cerro Concepción, hasta llegar a orillas del mar junto al puerto. En su mano derecha llevaba dos de sus mayores tesoros: la última carta escrita por él, fechada tres meses antes, el 12 de junio de 1938, y una fotografía del día de su boda en una parroquia de Jerez de la Frontera. El barco apareció en el horizonte, se deslizó por las frías aguas costeras y atracó frente a ella. Para aquel entonces, una enorme multitud se había aglomerado en el puerto para recibir a todos aquellos viajeros en búsqueda desesperada de una patria que los adoptara, quién sabe si temporalmente o por siempre.

Cientos de pasajeros descendieron del buque con cara de querer besar la tierra. Muchos se echaron a llorar, mirando al sol que ya se zambullía en el océano con una mezcla de nostalgia y decisión. Al igual que todo lo realizado durante aquel día, también había planeado el momento de la llegada. Se había imaginado a sí misma abrazada al amor de su vida, encarando al futuro más incierto que nunca se imaginaron. El desfile de recién llegados llegó a su fin sin que alguien se lanzase a sus brazos. El sol se hundió tiñendo el cielo de un rojo etéreo. Un hombre alto y delgado fue el último en descender del barco. Su capa ondeaba con la misma suavidad que el largo trozo de papel que colgaba de su mano. Se detuvo junto a ella, leyó su pensamiento en la superficie cristalina de sus lágrimas y extendiendo el papel, le señaló uno de los muchos nombres mecanografiados. La carta y la fotografía cayeron al suelo del muelle y no tardaron en ser arrastradas por una brisa que las empujó al mar, donde se fueron hundiendo y diluyendo como el alma recién partida de la mujer. 


sábado, 20 de octubre de 2012

Made in Chile #10: valle del Elqui

Escapando de la configuración orográfica que caracteriza a la gran mayoría del territorio chileno (con la Cordillera de la Costa, la Depresión Intermedia y la Cordillera de los Andes formando tres estructuras paralelas), el Norte Chico está compuesto por una serie de valles transversales que circulan desde el interior hacia la costa. Uno de estos valles, cuyo comienzo se encuentra en las cercanías de La Serena, es el famoso valle del Elqui. 

La mejor manera de conocer el valle es con coche, pero si no es posible, se puede acceder al Elqui en autobuses que salen desde el terminal de La Serena por un módico precio de $2000 (3 euros) hasta Vicuña (a poco más de una hora) y $1500 (2,25 euros) más a Pisco Elqui al final del valle (a una hora más desde Vicuña). El viaje comienza atravesando las plantaciones de papaya a las afueras de la ciudad, y a medida que el camino asciende, el valle se va cerrando paulatinamente. Son tres los colores que predominan en el paisaje: el verde intenso de las viñas para producción de pisco al fondo del valle, el amarillo seco de los cerros cubiertos de cactus y el azul intenso de un cielo casi siempre despejado. Esta última característica fue vital para la instalación de varios observatorios astronómicos, los cuáles se pueden visitar por la noche para poder disfrutar del espectáculo estelar.

Como se dijo, el recorrido tiene dos paradas de principal interés. Una de ellas es Vicuña, población donde nació Gabriela Mistral, una de las poetisas y diplomáticas latinoamericanas más importantes del siglo XX, y Premio Nobel de Literatura en 1945. Además de su Plaza de Armas, la iglesia y varios mercados artesanales, Vicuña ofrece la posibilidad de visitar un museo enteramente dedicado a la poetisa. Por otro lado, está el pequeño pueblo de Pisco Elqui, al final del valle. Formado por poco más que una placita, una iglesia y unas pocas casas, se ha convertido en un lugar turístico por las pisqueras y la tranquilidad y misticidad que caracterizan al valle. De hecho, es conocido por ser uno de los lugares preferidos por varias comunidades esotéricas.

Imperdible, por lo tanto, para todos los que algún día decidáis acercaros al Norte Chico de Chile.


Iglesia en la Plaza de Armas de Vicuña


Calles de Vicuña


Iglesia de Pisco Elqui

viernes, 19 de octubre de 2012

Made in Chile #9: La Serena

La Serena, segunda ciudad más antigua de Chile, se sitúa en la costa de la IV Región de Coquimbo, de la cuál es capital, a algo más de 400 kilómetros al noroeste de la capital Santiago. Posee algunas de las características climáticas y biogeográficas del Norte Chico, es decir, un clima semi-desértico costero con una precipitación que apenas supera los 100 mm anuales y temperaturas medias suaves, con paisajes áridos caracterizados por la presencia de cactus y suculentas.

Pese a haber crecido mucho durante los últimos años, habiendo llegado a crear una conurbación con la contigua ciudad de Coquimbo, La Serena mantiene un atractivo y reformado casco histórico que, junto con el área del paseo marítimo, es su principal reclamo turístico. El casco antiguo cuenta, al igual que las ciudades latinoamericanas fundadas en la época colonial, con un plano de damero conocido por sus manzanas cuadradas o rectangulares, donde se sitúa la Plaza Mayor o Plaza de Armas. La ciudad vieja conserva monumentos de la época como palacetes e iglesias, además de alguna otra edificación de estilo colonial. Se trata de un área con mucha vida (excepto los domingos, cuando es difícil encontrar algo abierto), gracias a la actividad generada por todos los comercios y restaurantes situados en las calles centrales, además del conocido mercado de La Recova, donde es posible encontrar infinidad de artículos relacionados con una de las principales actividades económicas de la región: el cultivo de papaya. 

Otro de sus mayores atractivos es el Faro Monumental de La Serena, situado junto a una de las extensas y peligrosas playas en pleno Océano Pacífico, en plena Avenida del Mar. Se trata de uno de los símbolos de la ciudad y fue construido en 1952. Aunque se encuentra un poco apartado del casco histórico, es agradable pasear hasta aquí para poder disfrutar de la vista del océano y la bahía de Coquimbo. Además, es recomendable visitar el Jardín Japonés, un pequeño parque que puede visitarse pagando un módico precio de $1000 (1,5 euros) para observar una tipología de jardín bastante desconocida en occidente. 

Por lo tanto, La Serena ofrece, en muy poco espacio, una serie interesante de cosas para visitar. Sin embargo, un fin de semana es más que suficiente para verlo todo con calma, ya que se trata de una ciudad pequeña que conserva por suerte un cierto aire pueblerino ciertamente agradable. 


Plaza de Armas de La Serena


Faro Monumental de La Serena


Jardín japonés

Fuente de las imágenes: elaboración propia

domingo, 30 de septiembre de 2012

Made in Chile #8: Fiestas Patrias


            Septiembre es un mes importante para Chile. Si el día 11 se trata de un día que muchos prefieren no recordar, tal y como se vio en la anterior entrega, la semana siguiente entera es motivo de fiesta y celebración en este país, pues se celebran las denominadas Fiestas Patrias. Se trata de todo un evento social y comercial a la altura de la propia Navidad, ya que en los días anteriores es muy fácil escuchar decir “feliz dieciocho” en cualquier parte.

            Las Fiestas Patrias se centran en dos días, el 18 y 19 de septiembre, pero es el primero de ellos el que lleva el peso histórico y cultural. El 18 de septiembre de 1810 se celebró la primera Junta Nacional de Gobierno, en un proceso de formación del Estado de Chile. Sin embargo, no hay que confundir esta fecha con la del 12 de febrero de 1818, fecha en la que se proclamó oficialmente la independencia. El día 19 se celebra el día de las Glorias del Ejército, cuando se efectúa el desfile militar. Por tanto, pese a que en un principio (las Fiestas Patrias se vienen celebrando desde 1811) las festividades se alargaban durante semanas, se establecieron dos días festivos para las conmemoraciones.

            Además de decorar todo con miles de banderitas nacionales (en la ventana, en el balcón, en los espejos del coche, en las calles), los chilenos aprovechan estas festividades para acercarse, aunque sea por unos días, al folklore nacional. Son muy comunes las fondas, unos centros de entretenimiento instalados por lo general en parques municipales donde se baila (cueca, sobre todo), se come (empanadas, brochetas de carne, mote con huesillos…), se canta, se compra artesanía, se ve el rodeo y se disfruta del alegre y bullicioso ambiente. Y si no van a una fonda, los chilenos se decantan por un rico asadito en la parrilla de casa, en compañía de la familia y de unas cuantas rondas de pisco o lo que se cruce por el camino.

            Aunque sea un sentimiento patriótico algo efímero, es una fiesta popular y muy animada que puede aprovecharse para aprender más sobre los orígenes de este país y sobre unas costumbres que, al igual que en la mayoría de países desarrollados, quedan relegadas al mundo rural, e incluso esto ha empezado a perderse. Por esa razón, encuentro divertido disfrutar de estos dos días en compañía de familiares y amigos, siempre dispuesto a engullir toneladas de comida y de hacerla bajar con cuanta bebida sea capaz de soportar el cuerpo. Incluso los profesores de la universidad te preguntarán eso de “¿tomaron ustedes mucho?”, asumiendo que son días de puro escape y diversión. 


Haciendo volar volantines (Parque Intercomunal)


Rodeo (Parque Intercomunal)


Exhibición de cueca, baile nacional de Chile (Parque Intercomunal)

Fuente de las imágenes: elaboración propia

martes, 18 de septiembre de 2012

Made in Chile #7: 11 de septiembre

No es fácil hablar sobre este tema, principalmente porque implica indagar en un pasado que quizás no es del todo lejano y que, por esa misma razón, está en la memoria de muchos chilenos intentando permanecer oculto, sin muchas ganas de salir a flote. Así pues, intentaré ser lo más objetivo posible. 

El 11 de septiembre ya era famoso antes del 2001, al menos en Chile, ya que ese mismo día del año 1973 el general Augusto Pinochet dio un golpe de estado que acabó con la que, hasta ese momento, había sido una de las democracias más sólidas y estables de América Latina. Aquel día, los tanques del ejército rodearon el palacio de La Moneda, el mismo que más tarde fue bombardeado desde el aire. Se dice que Salvador Allende, presidente de la república desde 1970 famoso por el ambicioso sueño socialista que intentó hacer realidad, se suicidó dentro del palacio. Lo que sí está claro es que aquel acto marcó el fin de una era representada por la democracia, dando paso a una dictadura que se alargó durante diecisiete años, marcada entre otras cosas por violaciones a los derechos humanos, torturas, desapariciones, suspensión de libertades individuales y suspensión de partidos políticos, así como la instauración de una serie de políticas neoliberales surgidas directamente de los llamados Chicago Boys, que instauraron un tipo de capitalismo que reinó en occidente a partir de la denominada crisis del petróleo de 1973. 

39 años después, Chile es un país que lleva más de veinte en un período de nueva democracia. La izquierda gobernó durante veinte años en esta nueva era, mientras que la derecha, de la mano de Sebastián Piñera, está al frente del país desde 2010. Veintidós años de democracia no han sido suficientes para ejecutar cambios que pide la población, ya que la herencia de la dictadura aún es visible en realidades como la salud, la educación y las pensiones, donde predomina el sistema privado y el público presenta, por desgracia, serias deficiencias 

Hay algo claro: todo apunta a que algo se cuece, y la forma más clara de verlo es en las protestas estudiantiles que han llevado a Chile a primera plana varias veces durante este último año, los que apuestan por una educación pública y gratuita. En un país que no deja de crecer económicamente y que, al menos de momento, no ha sido arrollado por la crisis económica mundial, el gobierno tiene hartas y difíciles tareas a las que hacer frente de puertas para adentro. 


Fuente de la imagen: elpatagonico.cl

sábado, 1 de septiembre de 2012

Made in Chile #6: la mano y el beso

Después de haber conocido varios países, y por ende varias culturas, no deja de sorprenderme cómo una costumbre relativamente sencilla como un saludo o una despedida puede variar tanto de un país a otro. Muy cercano tienes que ser en algunos países como Alemania, Estados Unidos o el Reino Unido para saludar a alguien con un beso, en estos países tienes que conformarte con estirar la mano y que ya sea chico o chica te la apriete. En la Europa mediterránea somos mucho más cálidos, de eso no hay duda. Lo de plantar dar la mano o dar dos besos en la mejilla es algo que casi hacemos por inercia. Sin embargo, si en Chile va algo más allá.

Para empezar, recuerda que en Chile no se dan dos besos, sino uno. Pero esto no quiere decir que vayas a recibir menos besos, ni mucho menos. Y lo mismo ocurre con darse la mano, pero queda reservado a los hombres, al contrario que en países europeos como los que antes mencionaba donde uno tiene la sensación de estar reuniéndose con ejecutivos todo el rato.

En Chile, y voy a utilizar un ejemplo cercano como son mis actuales compañeros de clase, no es necesario que hayan pasado dos meses de verano sin verse para saludarse con dos besos. De hecho, basta con que hayan transcurrido 24 horas. Así que por mucha sangre latina que corra por mis venas, no deja de sorprenderme que todo el mundo se salude con besos y con la mano a diario, por la sencilla razón de que no me había tocado verlo hasta ahora. Al menos en mi tierra, solo he visto actuar así a mis compañeros a la vuelta de unas largas vacaciones y el día de cumpleaños de alguien, pero eso sería todo. Y desde luego, lo último que voy a hacer es escandalizarme (no hay que olvidarse que en algunos países, dar un beso en la mejilla a una mujer no está del todo bien visto), porque creo que, antes que soportar caras largas y murmullos inaudibles de saludos desganados, no hay mejor forma de empezar una mañana que saludando así. 

Sólo espero que a la vuelta no me tomen por moscardón pesado...



domingo, 19 de agosto de 2012

Made in Chile #5: mote con huesillos

En algún momento tocaba inaugurar una sección indispensable si se quiere hablar de la cultura de un país: la gastronomía. Aunque no difiera tanto de la cocina mediterránea, la gastronomía chilena tiene numerosas peculiaridades. Es por esto que me gustaría ir nombrando algunas de ellas, empezando por el mote con huesillos.

En pocas, podríamos describirla como la típica bebida dulce y refrescante chilena. Tal como su propio nombre indica, tiene dos ingredientes indispensables: el mote (mote de trigo, es decir, las semillas cocidas en agua) y los huesillos (melocotón deshidratado). Estos dos ingredientes se mezclan con un dulce jugo acaramelado que se obtiene mezclando caramelo con el agua donde se cuecen los melocotones (con azúcar y un palito de canela), y todo ello acaba sirviéndose en un vaso, con el mote mezclado con los huesillos abajo y el jugo acaramelado arriba. El mote se come con una cucharilla, la misma con la que hay que ayudarse para partir trozos de melocotón.

El mote con huesillo se vende prácticamente en cualquier puesto que uno pueda encontrarse en las calles del centro de Santiago. Aunque los precios varían según el lugar y el vendedor, se puede decir que la mayoría de vasos de mote con huesillos rondan los $500-800, es decir, entre 0,80 y 1,30 euros. Es una bebida con especial éxito en verano debido a que es refrescante, pero se venden cualquier día. 

Recomiendo a cualquiera que esté animado/a a visitar Santiago de Chile que se tome un mote con huesillos en cuanto sienta calor y quiera refrescarse. Aunque, tal y como he dicho antes, haya varios puestos donde se vende esta bebida, merece la pena subir en funicular hasta la cima del cerro San Cristobal y, una vez arriba,  quedarse boquiabierto con las sobrecogedoras vistas de la ciudad desde las alturas tomando un rico mote. 


Mote con huesillos
Fuente de la imagen: es.wikipedia.org